Antonio Núñez "Chocolate" · Cante clásico · San Juan Evangelista, Madrid · 24 de enero de 2003 · © Paco Manzano

El puño que abre y cierra buscando aprender el duende.

La fotografía no es una — son tres. Paco Manzano eligió el tríptico para Chocolate porque ninguna imagen sola podía contener lo que ocurría en ese escenario. En el San Juan Evangelista, la noche del 24 de enero de 2003, Antonio Núñez Montoya tenía 72 años y cantaba como si el mundo fuera a acabarse al amanecer. La mano derecha alzada, el puño que se abre y se cierra buscando aprehender el duende, la boca abierta en un grito que no es alarido sino quejío — la diferencia más importante del flamenco.

Chocolate encarnó en Madrid la resistencia del cante clásico frente a las corrientes de fusión comercial de los noventa. Mientras otros artistas buscaban nuevos públicos con sonidos modernos, él seguía sentado en su silla de enea, sin micrófono invasivo, sin artificios lumínicos, cantando por seguiriyas y soleares con la misma austeridad que los maestros de la Alameda de Hércules. El público del San Juan Evangelista lo veneraba precisamente por eso — porque en Chocolate sobrevivía el sonido de Tomás Pavón y Pastora Pavón, la estética trágica del cante más antiguo.

Manzano ha reconocido la imponente fotogenia de Chocolate en múltiples ocasiones. No había que buscar el ángulo ni esperar el momento — Chocolate era el momento en cada instante. Sus manos, su rostro, la tensión de cada músculo mientras la voz emergía desde algún lugar muy profundo, construían una imagen que la cámara solo tenía que recoger.

Esta foto cuelga hoy en las paredes de Cardamomo. Si estás aquí es porque la viste en la sala. Ahora ya sabes lo que ocurrió aquella noche.

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