Los 80 habían sido de transición. Los 90 fueron otra cosa. El cante perdió en esos años a su figura más grande y, casi a la vez, vio aparecer a las voces que iban a mandar durante las tres décadas siguientes. Raro, ¿no? Pues así fue.
El flamenco en los años 90: del luto a la reinvención
La década empezó con un hueco enorme. Esa sensación de que se cerraba una época estuvo ahí todo el tiempo. Pero el flamenco no se vino abajo, al contrario. Hubo una generación de cantaores criados en lo más puro que decidió que respetar la tradición no significaba quedarse quieto.
Y pasó algo curioso: el cante se subió a los teatros grandes. Firmó con discográficas de peso. Empezó a sonar en radios que antes ni lo miraban. Salió del tablao —sin abandonarlo, ojo— y se metió en auditorios, festivales y hasta en las listas de ventas. Lo que habían empezado los cantaores flamencos de los años 80, esta gente lo llevó hasta el final.
Cantaores flamencos de los 90 que marcaron la década
José Mercé
Jerez, escuela pura. En los 90 Mercé ya era uno de los grandes del cante jondo. Venía de años acompañando al baile, que es donde se aprende de verdad, y eso se le notaba. Toda esa base le sirvió para el salto al gran público que daría al cerrar la década. Demostró una cosa importante: que puedes llegar a todo el mundo sin rebajar ni un poco la hondura.
Miguel Poveda
El bombazo de la década. Con veinte años se llevó la Lámpara Minera en el Festival del Cante de las Minas, y al flamenco no le quedó otra que tomar nota. Catalán, además. Poveda mandó al cajón aquello de que el cante solo podía salir de Andalucía y le abrió la puerta a un montón de gente que venía detrás.

Miguel Poveda durante una actuación en directo. Foto: Rafa Manjavacas / DeFlamenco.com
Niña Pastori
Gaditana, jovencísima y con un timbre que reconoces a la primera. Apareció a mediados de los 90 de la mano de los grandes del momento. Su flamenco tenía raíz, pero no le tenía miedo a la melodía popular, y eso enganchó a un público enorme. Una de las voces femeninas más queridas del cante moderno, sin discusión.
Diego El Cigala
En los 90 se fue cociendo esa voz rota que años después le daría fama por medio mundo. Madrileño, de familia gitana, se curtió acompañando al baile y pisando escenario con los más grandes. Todo lo que sembró en esta década lo recogería en la siguiente. Ya se le veía venir.
El estallido del nuevo flamenco
Los 90 sin mezcla no se entienden. El flamenco se puso a hablar de tú a tú con el jazz, el rock, la copla, la música latina. Lo que antes era un escándalo pasó a ser lo normal. Y apareció una etiqueta nueva, el nuevo flamenco, para meter ahí a todos esos artistas que respetaban la raíz pero le estiraban las costuras. Discográficas, festivales, chavales jóvenes comprando discos… el cante dejó de pedir permiso para reinventarse.
El legado de los cantaores flamencos de los 90
Esta generación hizo de puente. Por un lado la tradición; por otro, el flamenco que hoy llena teatros por todas partes. Mercé, Poveda, Niña Pastori y El Cigala dejaron claro que se puede honrar el cante jondo y, al mismo tiempo, llevarlo a gente que no había pisado un tablao en su vida.
El cante que oyes hoy en directo en un tablao flamenco viene de ahí. De aquellos años, de aquel atrevimiento, de unas voces jóvenes que no quisieron dejar el flamenco parado. Y verlo en vivo sigue siendo, de largo, la mejor manera de entender por qué los 90 lo cambiaron todo.