Rafael Romero "El Gallina" · Cante clásico · Cumbre Flamenca, Círculo de Bellas Artes, Madrid · 1 de abril de 1987 · © Paco Manzano

Las manos que hablan antes de que llegue la voz.

En la fotografía no hay humo, no hay claroscuro dramático, no hay sombrero que oculte el rostro. Rafael Romero «El Gallina» está de pie ante el micrófono, en traje claro, con las dos manos abiertas y alzadas a la altura del pecho — como si intentara sostener en el aire algo que solo él puede ver. La boca entreabierta. Los ojos entrecerrados. La voz a punto de salir.

Paco Manzano disparó en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el 1 de abril de 1987, durante la Cumbre Flamenca — el festival que durante los años ochenta reunió en la capital a las figuras más importantes del cante jondo. El Gallina tenía entonces más de setenta años y llevaba décadas siendo una de las voces más respetadas del flamenco gitano de Córdoba. No era un nombre para el gran público — era un nombre que los entendidos pronunciaban en voz baja, con reverencia.

Lo que Manzano capturó en esa imagen es la gramática del cante: las manos de un cantaor no son decoración. Son el instrumento con el que mide el tiempo, convoca el duende y le dice al cuerpo lo que la voz todavía no ha dicho. En El Gallina, esas manos abiertas ante el micrófono son el prólogo de todo lo que está a punto de ocurrir.

Esta foto cuelga hoy en las paredes de Cardamomo. Si estás aquí es porque la viste en la sala. Ahora ya sabes lo que ocurrió aquella noche.

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